Hoy en día da hasta apuro hablar sobre poner límites en la infancia. Hemos llegado a convertirlo en un tema de lo más controvertido, asociado normalmente a todo tipo de perjuicios: que si no permiten que el niño experimente, que si al ponerlos estamos atacando su felicidad y libre albedrío, que si lo correcto es responder y mimar sus necesidades nada más aparezcan, que si hay que dejar al niño hacer sin restricciones…

Parece complicado, ¿verdad? Hemos llegado a un punto donde plantearse limitar la satisfacción de sus deseos más inmediatos nos convierte en malos educadores o malos padres. Todos queremos nenes felices y con sus potenciales desarrollados al máximo, y lo más intuitivo es darles todo lo que quisiéramos y pudiésemos.

Pero el aprendizaje no funciona así, y la ciencia lo respalda. Por eso hoy voy a hablaros de la importancia que tienen los límites en la infancia, y así poder perderles el miedo.

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Antes de entrar en materia, quiero aclarar que no estoy en absoluto en contra de que los niños exploren y se estimulen libremente en el entorno. Por favor, no penséis que este post tiene esa finalidad. Pero como Maestra en Educación infantil conozco de primera mano las dos caras de la moneda:

  • La importancia de dar espacio a la creatividad, a explorar y descubrir.
  • La problemática de dejar que un niño se convierta en “tirano” o antireceptivo a los cambios. Esto suele ocurrir precisamente cuando el niño ha vivido en un entorno sin límites.

Al contrario de lo que se piensa normalmente, los límites no son perjudiciales para los niños. Tenemos muchos estudios que respaldan esta tesis. Como afirma el Doctor en Neurociencia Álvaro Bilbao en su libro El cerebro del niño explicado a los padres”, en el cerebro hay una región específica para integrarlos y realizar conexiones neuronales a partir de ellos.

En esta línea, establecer límites desde el principio de la crianza de los niños y niñas implica beneficiarles en múltiples sentidos: desarrollar más el intelecto, prevenir problemas de atención, construir una autoestima fuerte, etc. Los límites nos aportan crecimiento intelectual, personal y social, y nos ayudan a anticipar gran cantidad de situaciones.

No obstante, un problema común cuando ponemos límites son los rifirrafes que pueden surgir entre padres-hijos, maestros-alumnos o incluso entre maestros-padres. Ser firmes con un niño es un tema complejo y susceptible a muchos puntos de vista. Lo que puede parecerme beneficioso a mí, puede parecerte perjudicial a ti. Y es que a la hora de educar TODO son dudas: ¿lo estaré haciendo bien? ¿Entenderá mis razones? ¿Lo podría hacer todavía mejor? ¿Me estoy esforzando lo suficiente? ¿Estoy haciéndole feliz?

Con el fin de despejar estas dudas y compartir los aspectos beneficiosos de los límites, voy a destacar mis cuatro grandes pilares a tener en cuenta, basándome en la valiosa información de Álvaro Bilbao. A ver si así puedo ayudaros a poner límites sin morir en el intento.

1. Cultivar la paciencia.

Al poner límites estamos evitando que el infante relacione felicidad con salirse con la suya sin esfuerzo. Con los límites está aprendiendo a esperar con ilusión, a apreciar más los momentos, a valorar el tiempo, a cultivar el esmero y a respetar el espacio y tiempo de los demás, algo que puede evitar futuros conflictos con otros niños o adultos.  De esta forma desarrollamos su paciencia.

Mediante los límites, estamos ayudando al niño no solo a gestionar su frustración sino también a no caer en el modelo de gratificación instantánea. Acostumbrarse de pequeño a las gratificaciones instantáneas nos convierte en adultos insatisfechos cuando no logramos nuestros objetivos inmediatamente.  Además, nos vuelve más vulnerables a padecer situaciones de depresión y baja autoestima al no saber gestionar la frustración o las dificultades que se nos presentan.

La paciencia es clave tanto para criar genios como para criar a niños felices. No le pongamos la presión de ser un genio, pero procuremos que sí llegue a ser un niño feliz.

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2. Actitud serena y coherente

Poner límites no es sinónimo de ser una señorita Rottenmeier y ahogar la fiesta al niño cada vez que quiera explorar o pasárselo bien. Para nada. Los límites están erróneamente asociados con la coacción de libertad, cuando en realidad sirven para proteger al niño y enseñarle normas sociales vitales, como no pegar, respetar y controlar sus impulsos básicos.

Para instaurar límites no es necesario (ni conveniente) elevar nuestra voz, ponernos serios, aburridos o enfadarnos con el niño. Se pueden plantear límites desde el cariño: razonando con él, explicándole las consecuencias, haciendo un juego con normas a respetar, y enseñarle las consecuencias de saltarse las reglas pactadas.

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Es importante que el niño entienda el motivo de los límites, que conozca la explicación de por qué no tiene o no puede realizar una acción. Aunque en un primer momento parezca una tontería o pensemos que quizá no lo entienda, le estamos ayudando a hacer conexiones y a razonar acerca de las normas sociales. Estimulamos su pensamiento crítico, para que no respete las normas «porque sí», sino que lo haga encontrando las explicaciones lógicas que hay detrás.

Así entendido, plantear límites sirve para potenciar su inteligencia. Es necesario que los límites tengan sentido, incluso si es un “a papá no le apetece hacer esto ahora mismo”. Aunque pueda ser difícil, lo que es seguro es que no estaremos ayudando para nada a su desarrollo si ponemos límites cuyas explicaciones no podemos entender ni nosotros.

También es relevante que seamos consistentes. Si se ve que los límites son fácilmente quebrantables, no tendrán valor. No tiene sentido poner límites un día sí y otro no porque estamos cansados y no queremos “luchar” con el niño. Esto es especialmente importante si es un límite relacionado con la salud, el bienestar o la convivencia.

En efecto, no podemos permitir bajo ninguna circunstancia que pegue a un niño para conseguir un juguete, o que acceda al cajón de los medicamentos, o que trate de coger a su hermanito pequeño sin supervisión. Hay límites con los que hay que ser firmes siempre.

Una última cosa a tener en cuenta en nuestra actitud es que debemos ser honestos con ellos. Poner un límite como “no se puede saltar en el sofá porque vendrá el coco a devanarte los sesos” no tiene explicación lógica, ni estamos siendo justos con el niño. Al fin y al cabo, le estamos mintiendo sobre por qué no queremos que salte en el sofá. Ocultar la verdad no le ayuda a realizar conexiones y es probable que pueda desarrollar algún miedo a causa de ciertas mentirijillas.

3. Convierte el factor tiempo en tu aliado.

Desde los primeros días ya puedes comenzar a poner límites. Esto te ayudará a anticipar conductas que luego tocaría corregir. Aunque estemos acostumbrados a sentirnos mal si no lo hacemos, lo cierto es que no es necesario que cada vez que llore, acudamos  a atenderle cual relámpago, con urgencia de vida o muerte. No es necesario acudir en ese mismo instante, en esa milésima de segundo.

Tenemos que confiar en su capacidad de esperar e ir cultivando poquito a poquito esa paciencia. Además, de esta manera, al atenderle con calma y sin urgencia, estamos enseñándole de muy peque a ver la vida con menos angustia y frustración.

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El “antes” también es un aspecto importante cuando hablamos de límites. Si prevés que una situación puede acabar de una forma no deseada (un niño pegando a otro, o un niño que va a acercarse al cajón de los medicamentos), frena la conducta indeseada antes de que ocurra, mediante explicaciones y planteando los límites de entrada. Es mucho más fácil acabar con actitudes perjudiciales cuando no existen, que corregir una actitud que persiste en el tiempo.

4. No hay que sentirse mal (fuera remordimientos).

Lo límites son inevitables en la vida. Siempre van a existir en una convivencia en sociedad. Por eso es importante que acostumbres a tus hijos o a tus alumnos a respetarlos, ya que estás haciendo no solo tu vida más fácil, sino contribuyendo a su desarrollo intelectual, emocional y social.

Los límites ayudan a que crezca más feliz y sepa autogestionar mejor sus emociones, anticipar situaciones y saber actuar en situaciones sociales. Siempre planteándolos desde el respeto, la calma, el cariño y la confianza, para que el niño se encuentre en una situación de responsabilidad a la hora de elegir cumplirlos o quebrantarlos.

Los niños necesitan sentirse responsables y saber que pueden influir en las decisiones de forma correcta. Necesitan conocer las normas y estructuras sociales ya existentes para poder adaptarse a ellas y no encontrarse en futuros conflictos que les lleven a sentirse angustiados, frustrados o estresados.

Y para que todo salga de la mejor manera, es necesario tener en mente el factor calma a la hora de plantear las reglas, ya que si alzamos la voz, estamos dificultando la transmisión del mensaje, boicoteando lo que en el fondo es nuestra prioridad.

Conclusión

En definitiva, no pienses que al poner límites vas a mermar la felicidad del niño, sino todo lo contrario. Nuestra mente ha ido evolucionando y desarrollándose durante siglos, mejorando las estructuras para fijar límites. Así ha ocurrido porque somos seres sociales, y los límites nos han ayudado a convivir en sociedad, respetando las normas sociales que garantizaron nuestra supervivencia como especie hasta el día de hoy.

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Si quieres indagar más en este tema, te dejo un link aquí al libro de Álvaro Bilbao que trata este y muchísimos otros asuntos esenciales en la educación de los peques.

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